Las Artes - El Nuevo Día
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| La Parranda Navidena
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Por Jaime Torres Torres de El Nuevo Día
LA PLENA, en el campo ya se escuchan trullas que interpretan seises y aguinaldos, mientras en la ciudad "a pesar de la criminalidad y los accesos controlados" no han desaparecido las parrandas que irrumpen en las comunidades en caravanas de autos. La tradición sigue viva, mas lo que sí parece estar ausente en la metrópolis es el sentido espiritual que caracterizó a las trullas de la ruralía, donde "a mediados del siglo pasado" se originaron los asaltos, segn explica Manuel Alonso en El Gíbaro. En aquellos tiempos los trovadores improvisaban en torno al nacimiento del Mesías y orientaban sus décimas a saludar y desear prosperidad a sus semejantes. "Hasta hace 25 ó 30 años hubo una presencia marcada de lo religioso en las trullas, pero actualmente no es así. Para que las trullas recuperen un poco su sentido espiritual, se debe recordar que Cristo no es de una época y que al prójimo se le debe desear felicidad los doce meses del año'', recomendó el folclorista Alexis Morales Cales. CONTRARIO, a la tradición rural, en las parrandas
urbanas los elementos folclóricos han sido relegados a un plano secundario. El aguinaldo
ha sido sustituido por el merengue y la guaracha. El cuatro se ha cambiado por la
trompeta. Los temas religiosos han cedido a los estribillos de moda. "Es muy
escandalosa mucha de la msica que se escucha en la ciudad. Se usan demasiado el
saxofón y las trompetas. En las parrandas del ayer predominaban los aguinaldos jíbaros e
isabelinos. No faltaba el seis bombeao para que las parejas que bailaban intercambiaran
bombas. Ahora es diferente'', recordó el cuatrista Angel Nieves Quintero, quien
parrandeó con Ramito, Germán Rosario, Priscila Flores, La Calandria, Joaquín Mouliert y
otros grandes trovadores borinqueños.
El elemento sorpresa era otra particularidad de las trullas de antaño. No se anunciaban. Simplemente llegaban cuando nadie las esperaba. Las parrandas comenzaban después de las 11 de la noche y se prolongaban hasta el amanecer. "Por eso le decían asaltos. Las personas reaccionaban con mucha alegría y nos entregaban su casa'', agregó el cuatrista de 66 años. LOS MANJARES, navideños constituyen otro elemento característico de las parrandas rurales. Todavía las amas de casa confeccionan pasteles, morcillas, arroz con gandules, tembleque y arroz con dulce para obsequiarle a sus visitantes. Todavía se observa la estampa del lechón a la varita, al igual que la del jíbaro destapando su galón de pitorro curao. Pero en las parrandas urbanas muchos prefieren ahorrar tiempo y energías ordenando pizzas, bandejas de aperitivos y otros alimentos entregados a domicilio. "La gente del campo siempre se prepara guardando suficiente carne de cerdo, pasteles y otras cosas. Ese sabor típico es lo que le falta a las parrandas de la ciudad'', señaló Nieves Quintero. La Navidad es diferente en la montaña. El cuatro sigue resonando al unísono con el coquí. Hoy, más que nunca, es cuando más niños y jóvenes trovadores se desarrollan en la Isla. Chicos hay que a los cuatro y cinco años ya se familiarizan con la décima y el seis. "La reina máxima de nuestro folclor es la décima. Nunca hubo tantos niños y jóvenes trovadores como hoy. Los viejos cantaores que existimos dejaremos la tradición bien sembrada. El mundo está dando vueltas y esas vueltas nos acercan más a nuestras raíces'', dijo el veterano trovador fajardeño Joaquín Mouliert, director del conjunto Ecos de la Montaña. MOULIERT,, incluso, ha sido un defensor acérrimo
de las trullas tradicionales. Hace 38 años que en la víspera de Nochebuena recorre su
pueblo con una parranda montada, en la que participan los trovadores más versados del
género. "Han surgido parrandas parecidas en San Lorenzo y Salinas. En Fajardo
también se organizan otras inspiradas en la mía. Es importante conservar esta
tradición, porque muchas de las trullas que hoy se llevan a las casas son muy peligrosas.
Llegan desconocidos que no les importa celebrar el natalicio del Señor Jesucristo, que es
la base de la verdadera Navidad'', agregó Mouliert.
La mayor concentración de jóvenes y adultos parranderos, la encontramos en Comerío, Barranquitas, Naranjito, Toa Alta, Corozal, Aibonito, Morovis, Orocovis, Adjuntas, Utuado, Ciales, Lares y otros pueblos de la cordillera central. "Realmente los mejores parranderos se consiguen en la montaña'', aseguró José Ral Marrero, director de Los Cantores de Bayamón. EN EL, no han desaparecido las trullas acsticas compuestas exclusivamente de cuatro, guitarra, giro y un trovador. En éstas no se usan micrófonos ni otro equipo de amplificación. Sus repertorios versan sobre la Anunciación, la visita de María a su prima Isabel, el sueño de José, el Nacimiento, la llegada de los Santos Reyes y otras estampas de la Navidad interpretadas mayormente en tiempo de aguinaldo jíbaro, isabelino u orocoveño. "Siempre buscamos canciones que no apelen al doble sentido para que el dueño de la casa quede complacido'', dijo el trovador José `Pepe' Ríos, de Corozal. Hoy los parranderos son jóvenes disciplinados que, en su mayor parte, no consumen licor. El Nuevo Día lo comprobó en la trulla jíbara que hace unas noches el trovador Pepe Ríos y los hermanos Albin y Charlie Rodríguez, llevaron a la casa de la familia Rodríguez Figueroa en el sector El Cuco del barrio Quebrada Cruz de Toa Alta. "Está prohibido salir a parrandear en pantalones cortos. Vestimos de blanco y usamos sombrero. Tampoco se permite hablar malo y hacer chistes indecorosos. Llegamos a tocar buena música y a compartir alegría con las personas''. EL COSTO, de un asalto navideño similar (cuatro, guitarra y trovador/guirero) fluctúa entre $200 y $300. Precios más que razonables si recordamos que por hora, las tarifas de las orquestas de salsa y merengues son muchísimo más elevadas. "Hay lugares en que ni siquiera cobramos porque se trata de compartir alegría con las personas. Pero el precio realmente depende del lugar donde viva la familia. Nosotros tocamos durante hora y media. Y muchas veces nos quedamos un rato más'', dijo Albin, de Los Guayubines. Ciertamente, la tradición parrandera sigue latente en la montaña. Acá sonríe en el Matutino protestante y en la Misa de Aguinaldo católica que se escuchan al amanecer. También en los niños que en un semáforo entonan tímidamente sus villancicos, y en los jóvenes que hacen más llevadera su espera en la parada de guaguas. Parranderos por excelencia
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